jueves, 15 de junio de 2017

DEUDAS IMPAGABLES

Hace poco asistí a la presentación del trabajo de Adolfo Meisel y Julio Romero en el que los autores, utilizando modelos de supervivencia, intentan desmitificar la mortalidad que dejó la Guerra de los Mil Días en Colombia, la cual duró entre el 1899 y el 1903 y que incluyó batallas en todo el centro oeste del país.  En el conflicto se enfrentaron  las fuerzas del gobierno (nacionalistas y  conservadores) y el ejército de guerrillas (liberales), con “victoria” final del primero. Y coloco la victoria entre comillas pues ésta ocurrió a costa de miles de muertes  y la posterior separación de Panamá, para ese entonces uno de los Departamentos de Colombia. La literatura habla de 100mil muertos, sobre todo hombres jóvenes, mientras que el estudio estima que a lo sumo fueron 32mil, lo cual no deja de ser una gran cifra para un país con apenas cuatro millones de habitantes en ese momento.
Dos pensamientos me distrajeron durante la presentación. El primero fue verme sentada en una sala atestada de militares, con ese sentimiento de empatía que los colombianos sienten por sus soldados. La actividad, organizada por el Banco de la República, se llevó a cabo en el recién inaugurado Museo Militar de Palonegro de Bucaramanga, razón por la que asistieron  militares de todo rango. No es la primera vez. Desde el 2016, el proceso de paz ha llevado a que el ejército esté presente de alguna manera  en foros acerca de situaciones en las que las fuerzas armadas  han jugado o pueden jugar un papel importante.  Soldados y altos mando atentos, amables, dispuestos a ceder su asiento a los civiles, siempre con trato respetuoso. Me pregunté varias veces durante las dos horas de la actividad si en Venezuela sería posible tal convivencia, si alguna vez nuestros militares lograrán lavar sus pecados y ser aceptados por los ciudadanos de a pie. Lamentablemente, las actuaciones de los cuerpos policiales y de la GNB, en las que el odio es su divisa y el vandalismo guía sus pasos, me hacen pensar que no. El cáncer del chavismo ha destruido todas las instituciones, incluyendo la militar. Cuando la pesadilla termine, si termina,  será imprescindible eliminar el poder político de las fuerzas armadas.
El segundo pensamiento era precisamente cómo cuantificar no solo la mortalidad, que más o menos se conoce, sino el costo económico y social en general de esta Batalla de los 1519 días que lleva el gobierno de Maduro en contra de los ciudadanos venezolanos. En este proceso sería difícil ignorar el efecto de los años durante los cuales gobernó su predecesor, en los que se sentaron las bases de muchas de las cosas que padecemos actualmente. Llegué a la conclusión que los efectos son tantos, tan variados, tan insospechados y la información tan escasa, tan desvirtuada, que la tarea se presenta titánica.  Incluso si redujera la ventana del estudio a los últimos 75 días, con sus 74 muertos,  no sabría por dónde comenzar.  Así me limito a hacer un ejercicio personal con los aspectos gruesos que logro recordar y que pueden ser ampliados con los aportes que tengan a bien hacer.
Sabemos que uno de los logros del chavismo ha sido la destrucción del aparato productivo venezolano.  Según Consecomercio, unas 500mil empresas han cerrado en los últimos diez años en el país, 25mil de ellas en el 2015 y 30mil en el 2016.  No en vano la Organización Internacional del Trabajo, reunida actualmente en Ginebra, concluye que sólo durante el gobierno de Maduro se han perdido 1.7 millones de empleos: 1.2 en el sector privado y 0.5 en el sector público. Agréguese a ello el costo de oportunidad (concepto suficientemente  amplio) de intentar sustituir esta producción por importaciones, la mayoría de las veces a precios inflados. Las empresas no solo cerraron sino que otras no se crearon. La inestabilidad económica y la inseguridad política y jurídica han desalentado la inversión privada, nacional y extranjera. De los capitales recibidos en oscuros acuerdos con Rusia y China, se desconoce su cuantía y condiciones, por lo que sólo sabemos que será una deuda que heredarán varias generaciones por venir. Y dejemos de lado el desmantelamiento de las industrias básicas y petrolera del país, principales generadoras de divisas.  
El primer lugar en materia de inseguridad en varios rankings mundiales ha costado, literalmente, mucha sangre. Según el Observatorio Venezolano de Violencia, unas 29mil personas murieron el año pasado a manos del hampa en nuestro país (91.8 por cada 100mil habitantes). Y la tasa ha venido creciendo. En esa contradictoria idea de una “revolución pacífica pero armada” que tanto repetía Chávez, la  revolución ha acumulado más de 300mil muertes violentas de las cuales un tercio son de Maduro. El 69% de las víctimas tiene entre 15 y 34 años. Esta cifra se estima es superior al número total de muertos durante la guerra de Irak.  Los economistas son capaces de asignar un valor monetario a la vida, a partir de lo que la persona podría producir dado su capital humano y esperanza de vida. Sin incluir tablas de vida, es fácil hacernos una idea de lo que estas personas dejaron de producir durante su potencial vida laboral y el efecto multiplicador de dicha producción. Un hecho es cierto: el asesinato es la principal causa de muerte en jóvenes de entre 10 y 19 años de edad. Deberíamos agregar a estas muertes las discapacidades que los actos violentos generan, pero desconozco las cifras.   
Casi dos millones de venezolanos han dejado el país desde 1999, cifra altamente significativa si se piensa que la población de Venezuela es (era?) 30 millones. Es decir, el 6% de la población está fuera del país.  Y la tasa ha venido creciendo. Sólo en el 2016 abandonaron el país unas 200mil personas. Las implicaciones de este fenómeno son infinitas y se extienden en el tiempo, sobre todo por el nivel educativo del emigrante: El 90% de ellos tiene título universitario, 40% tienen maestría y un 10% tienen doctorado. Universidades y hospitales son afectados directos, pues de allí procede la mayoría de los emigrantes.
Las largas filas por alimentos, gas, combustible y medicamentos son comunes en Venezuela desde hace ya varios años. La escasez durante el chavismo era puntual, alternativa y provisional, pero síntoma ignorado de lo que estaba por venir. Con una escasez de productos básicos de entre 80 y 100% y una inflación que en  2016 se ubicó por encima del 600%, según estimaciones de la Asamblea Nacional, los venezolanos pasan una media de tres horas diarias haciendo cola. Cuánto se deja de producir durante ese tiempo depende también de varios factores. Pero ya es común el ausentismo laboral que se atribuye a estas prolongadas esperas, no siempre exitosas.
La estatura se asocia, entre otros, con calidad de vida. Durante décadas, los alimentos enriquecidos,  el creciente acceso a proteínas y el cada vez mejor y más accesible sistema de salud, hicieron que la estatura  promedio del venezolano creciera hasta ubicarnos entre los más altos en la región. Un estudio de ASOVAC señala que entre 1963 y 1985 los niños venezolanos crecían en promedio  entre 1,6 y 1,7 centímetros al año.  Entre 1985 y 2011 el crecimiento se redujo a entre 0,8 y 1,1. En este comportamiento mucho tiene que ver la pobreza. Según el INE la tasa de pobreza en el país ha ido creciendo, para ubicarse en 33.1% en 2015, cifra muy conservadora si se la compara con el 73% que arroja  los cálculos de la UCAB, la UCV y la USB para ese año.  Así, gracias a la crisis alimentaria, nos estamos garantizando una (o más?) generaciones de personas menos productivas y más propensa a enfermedades.
Y hablando de enfermedades, el deterioro de los infraestructura sanitaria y, más recientemente, las dificultades de acceso a medicamentos esenciales y especializados, así como la pérdida por migración de personal médico altamente capacitado y el bajo nivel de los médicos que genera la revolución, son culpables de un número desconocido de muertes. Algunas cifras permiten anticipar la magnitud del problema. El informe que le costó el puesto a la anterior ministra de salud habla de un incremento en la mortalidad infantil del 30% (más de 11mil niños durante 2016). Malaria, difteria, tuberculosis, erradicadas hace años, son ahora causas frecuente de defunción. Una vez más cabe preguntarnos cuánto valen todas estas vidas que se pierden a tan temprana edad. La diabetes, enfermedades renales, cáncer, hipertensión son ahora sentencias de muerte seguras. Aun así, el orgullo del gobierno le impide permitir un canal humanitario y reporta como gran noticia la entrega de cajas, tipo clap, con los materiales necesarios para intervenciones quirúrgicas básicas.
Hace tiempo que nuestros estudiantes no logran cubrir todos los contenidos de los programas educativos, tanto por disturbios como por la inadecuada planificación de los múltiples procesos electorales que pretendían darle visos democráticos a la dictadura. En el pasado, estos procesos implicaban la pérdida de, a lo sumo, dos días para la toma y acondicionamiento de planteles educativos para los procesos de votación. Este plazo es ahora de dos semanas y se hace sin intentar minimizar su impacto en el cronograma escolar. Una prueba de ello es la convocatoria a la ANC para el 30 de julio, lo que ha obligado a recortar el ya maltrecho año escolar.  Las universidades logran, con mucho esfuerzo, completar un semestre por año.  Las causas de estas pérdidas son las protestas, racionamiento eléctrico, inestabilidad en la planta profesoral, pérdida de personal, abandono de la educación por razones económicas, entre otros. El hombre nuevo del chavismo es sin duda menos preparado que las generaciones anteriores que huyen de la anarquía y la violencia.
No se conoce a ciencia cierta la cantidad de dólares en las cuentas rojas en el exterior, pero con saldos nada rojos, no obstante las arengas de Chávez en contra de la riqueza y del imperio.  Esta oscura cifra se diluye por el manejo discrecional de las importaciones,  de las divisas en un escenario de tipo de cambio controlado y por la ausencia de cifras y la no rendición de cuentas. Y es que no solo no sabemos cuánto robaron de los 2,9 billones de dólares que ingresaron al país por renta petrolera sino que, como se dijo antes, no se conoce  el paradero de los préstamos de China y Rusia,  del oro en reserva, entre otros.   Lo único que sabemos es que el nuevo hombre al mando de la revolución es rico y le gusta vivir en Estados Unidos, donde sus bienes pueden ser congelados.
Otras cifras no son menos importantes. La periodista Rocío San Miguel estima que la represión de los últimos dos meses y medio cuesta, solo en bombas lacrimógenas, unos 40mil dólares diarios. ¿Cuánto no se habría podido hacer en el país con los tres millones de dólares literalmente evaporados en el aire en estos setenta y tantos días? Agreguemos a ello, otro tipo de armamento, las tanquetas que acaban de llegar al país y las lacrimógenas que llegarán de Brasil (vaya apoyo!!) para poder seguir adelante con esta masacre, con tal de no tener que rendir cuentas por todos estos y otros crímenes. Y el ingrediente novedoso del también nuevo hombre: la destrucción de la propiedad privada (apartamentos, vehículos, espacios públicos, etc), incluyendo mascotas.
Hay otras deudas del chavismo que no tienen precio. El dolor por la separación familiar y sus consecuencias la podemos entender bien los hijos de inmigrantes, quienes nunca pudimos compartir con abuelos, tíos y primos. La incertidumbre ante la vida, el desaliento ante un futuro incierto, la destrucción de la moral del venezolano, el tener que cargar con la cruz de tener un gobierno narcotraficante y el desmantelamiento de la institucionalidad.
Este es el listado corto del precio que estamos pagando todos los venezolanos por la decisión de un grupo inconsciente, caprichoso, resentido y, tristemente, bien educado de venezolanos, que un día decidió experimentar con nuestro futuro y puso con los votos a quien intentó hacerse del poder por las balas.A mis ojos, ellos son tan culpables como los bandidos que nos gobiernan.  Solo espero que entre sus filas, el costo sea aún mayor, aunque no me hago ilusiones.