jueves, 31 de julio de 2014

HISTORIAS DE FRONTERA

La necesidad de hacer espacio para dar cabida a tanta patria que el gobierno rojo ha generado en estos últimos años,  ha obligado a muchos venezolanos a emigrar a otros países. Colombia es un destino apetecido por sus bondades económicas y proximidad geográfica.  

Uno de los aprendizajes que se logran con el frecuente ir y venir a través de la frontera, es el entender en toda su magnitud el importante papel que los guardianes de la patria juegan en el contrabando. No, no dije en la prevención del contrabando. EN el contrabando.

Este fenómeno, para nada nuevo, se ha visto potenciado gracias a la fortaleza que las políticas monetarias han conferido al bolívar. ¿Se han fijado que ya ni el gobierno utiliza el calificativo “fuerte” para referirse a nuestro signo monetario? Y eso que en materia de cinismo son campeones!!!

A diferencia de otros países, y del nuestro en la cuarta, el control aduanero en Venezuela se hace a la salida, no a la entrada, de allí que todo aquel que entre al territorio nacional por vía terrestre no deberá asombrarse si  consigue paso libre en cuanta alcabala haya en el camino.  Y  es que el nuestro es un problema de contrabando de extracción, por lo que la guardia y afines deben tener sus ojos atentos sobre el que sale, no el que entra. Y los frutos de ese esfuerzo se logran ver en las mesas instaladas en esos puestos de vigilancia: una botella de aceite que algún inocente quiso llevar, dos o tres paquetes de harina pan, una que otra bolsa de arroz o pasta, algo de jabón de lavar, jabón de baño, alguna afeitadora, y un frasco de champú. Nada que no pueda formar parte de un mercadito que algún incauto viajero intentó llevarse al vecino país. Porque es cierto: en Colombia se vende todo lo que Venezuela “produce”  a través de sus puertos.

Este patético escenario se repite en los innumerables puestos de vigilancia que surgen como hongos a lo largo de la vía. Puestos de control tan estrictos, que incluso es posible encontrar en algunos de ellos algún guardia sentado detrás de una ametralladora cargada apuntando, no al cielo, sino  a quienes en  la cola de vehículos aguardan por la aburrida señal que les permita continuar su marcha o la indicación de pararse en la orilla para una “revisión“ mas completa.  Y mientras uno mira las cosas del lado de acá de la ametralladora piensa en cómo eso puede beneficiar el turismo del que tanto se jacta Izarra, puesto que los que entran, también tendrán que salir y, cuando lo hagan, decidirían si volverán a vacacionar en el país del  “no hay”.

La guardia está atenta a que nadie saque de las fronteras de Venezuela ni un grano de arroz. No, a menos que pague. De allí la proliferación de  puntos de control, para lograr una distribución mas equitativa de las ganancias del contrabando. Preste atención el viajero al hecho de que algunos conductores parecen tener mucha familiaridad con TODOS los guardias, en TODOS los puestos, familiaridad ésta que se hace evidente cuando el conductor saca la mano para dársela al guardia, o viceversa. Después de cada saludo, el guardia queda siempre  tan conmovido que no logra abrir la mano, hasta que disimuladamente la mete en su bolsillo, con lo que queda libre para seguir saludando a otros conductores, identificados ya como “exportadores” de mercancías y gasolina. A veces el guardia es tan amable que él mismo abre la puerta del vehículo para “saludar” a su conductor, especialmente en el caso de camiones 350 completamente cerrados y con vidrios oscuros. En otros casos, el afán de estos agentes exportadores es tal, que llaman a gritos al guardia agitando algunos billetes en la mano para “saludarle”, en caso de que el susodicho se encuentre ocupado o distraído. Y es que, repito, en materia de cinismo llevamos la batuta. Este fatigoso trabajo no conoce fines de semana ni feriados. Se lleva a cabo 24 horas al día, 375 días al año, respondiendo siempre al lema que reza “Trabajo, trabajo y más trabajo”.


Este trabajo de “bachaco” se aúna al realizado a niveles superiores por los jefes de estos vigilantes del bienestar de la patria, que llevan a cabo actividades de este tipo, a gran escala. Y es que no hay mayor muestra de democracia que dejar espacio para que todos roben por igual. Definitivamente, el honor no parece ser ya su única “divi$a” . 

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