La celebración del
natalicio del verdadero Libertador, Simón Bolívar, me agarró en Caracas. Para los
que nos disponíamos a dormir hasta tarde, algo anhelado desde hace mucho
tiempo, esta celebración comenzó más temprano de lo previsto. Antes de las 6 de la mañana, el ruido sordo de morteros, silbadores, cohetones, cohetes y
similares retumbando entre los edificios, sacó a todo el mundo a los balcones y ventanas a ver… nada. Los fuegos artificiales
obviamente brillan de noche, no a plena luz del día. Un pequeño detalle que a
los organizadores de este evento se les escapó. Ese y el hecho de que existe
algo que se llama conciencia ciudadana.
La conciencia se refiere al conocimiento de sí mismo y de su entorno, de la moral, y la reacción ante estímulos del exterior. Así, carece de conciencia un gobierno que habla de que somos potencia, aun si no se consiguen velas para alumbrar
las largas noches sin electricidad; un gobierno que
ignora la negativa opinión que de él tienen incluso los que, saciados de
tanto robar, deciden ahora criticarlo; un gobierno que la
moral la perdió junto con las luces; un gobierno que sólo reacciona cuando del exterior algún actor que atraviesa
una mala racha, alguna modelo pasada de años o algún parásito presidencial alaba
sus “logros” o, en su defecto, cuando alguien de ojitos rasgados le tiende la
mano… para tomar la soberanía que acaba de pagar.
Y es que cuando Aristóteles definió al ser humano como un animal político,
con conciencia, no pensó seguramente que surgiría en un pequeño país al norte
de la América del Sur un presidente, político animal que, como todo animal, según Aristóteles
no tendría conciencia. Bueno no solo
uno, dos “in a row”.
Este absurdo llamado “Gobierno de todos”, pretende además definir
nuestra conciencia ciudadana, es decir,
la que nos lleva a pensar en lo que somos, queremos y necesitamos como
sociedad. Es él quien ahora decide que marca de pasta
comemos, con que jabón lavamos o que
desodorante utilizamos, y ya incluso se mete en nuestras camas para decidir
incluso cuanto dormimos. Hemos perdido el respeto hacia los demás, hacia las
necesidades e intereses de terceros, justo ahora, cuando el gobierno pretende que pensemos en las necesidades colectivas antes que en las individuales. No importa ya llegar de madrugada tocando
corneta, no importa ensuciar las calles si ello logra dejar mal algún alcalde,
no importa obstruir el tráfico si va a
pasar un entierro de algún motorizado, no importa faltar al trabajo pues total
no te pueden botar ya que la ley ampara al sinvergüenza, no importa que los motorizados circulen por aceras y pasarelas, no importa robar en el
trabajo, no importa destruir los bienes públicos, porque lo público a nadie
duele. Vivimos en la era del “Chávez somos todos” y por
ende todos mandan. Vivimos en la era de la inconsciencia ciudadana.
¿No se habría sentido más
agradecido el Libertador si el día de hoy, al menos, ningún niño en Caracas, mejor si en toda Venezuela, hubiese pasado hambre pues, en lugar de salvas, se habría distribuido
comida?
No se quien dijo que
el hombre es un animal de costumbres. Algunos atribuyen la frase a Aristóteles. Y se entiende que cuando lo dijo se refería a hombres y “hombras”. Yo me niego. Yo, no me acostumbro a tener a
estos animales como gobernantes.
Por cierto, ya que hablamos de animales, las
hermosas guacamayas que ahora pueblan los cielos de Caracas no salieron esta mañana.
Otra cosa que nos fue negada el día de hoy.
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